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La complejidad de la industria de los semiconductores

La industria de los semiconductores siempre ha sido especialmente compleja. Si empezamos por el hecho de que los diseños para sus productos, los chips, los hacen unas compañías que no son las que los fabrican ni las que fabrican las máquinas para fabricarlos, ni tampoco las que los prueban y ensamblan, ya tenemos de por sí un importante nivel de complejidad.

Si añadimos que, además, en cada una de esas fases suele existir un número muy reducido de competidores, y que además hablamos de una tecnología que no solo es enormemente avanzada y en rapidísima evolución, sino que además suele estar relacionada entre otras cosas con el entorno militar porque se incorpora en muchos casos a armas sofisticadas, y por tanto termina respondiendo a alianzas estratégicas y bloqueos de todo tipo, tenemos ya problemas que rozan lo completamente imprevisible: quien invierte en esta industria es porque tiene los nervios muy bien templados.

De ASML, la compañía neerlandesa que fabrica las especializadísimas máquinas de fotolitografía ultravioleta extrema que permiten fabricar los chips más avanzados, hemos hablado ya en algunas ocasiones. Dado que las máquinas fabricadas por la compañía, que son enormes, cuestan más de 150 millones de dólares y necesitan para su transporte unos cuarenta contenedores, veinte camiones y tres Boeing 747, son imprescindibles para dar el salto a fabricar chips por debajo de los cinco nanómetros, el gobierno de los Estados Unidos, en en contexto de su guerra comercial contra China, lleva tiempo presionando a la compañía para que no las venda al mercado chino.

Esa prohibición es como una losa: dado que crear una cadena de suministro capaz de replicar ese tipo de máquinas ultracomplejas resulta poco menos que imposible, porque conlleva negociaciones con proveedores de todo el mundo y ni siquiera tras costosísimas inversionas garantiza el éxito, se suponía que esto iba a suponer un retraso importante para la industria china. Sin embargo, ASML, para quien el mercado chino suponía más de un 15% de su facturación y tenía un potencial descomunal por su tamaño y por la importancia que estaba dando a la fabricación de semiconductores, ha ido retrasando el cumplimiento de esas sanciones norteamericanas y ha estado vendiendo máquinas al mercado chino, lo cual, añadido al hecho de que un ex-trabajador de la compañía se fue a trabajar a Huawei, se supone que ha posibilitado el lanzamiento del modelo más avanzado de la compañía que muchos identifican como «la Apple china».

El comportamiento de ASML supone un importante quebradero de cabeza para los Estados Unidos, pero la recíproca es también muy importante: si el acceso a las máquinas de la compañía holandesa ponen en riesgo la ya escasa supremacía tecnológica norteamericana, las sanciones norteamericanas suponen una hipoteca muy pesada para el crecimiento de ASML, una compañía que quiere aprovechar las enormes inversiones que tuvo que hacer para obtener su tecnología.

El problema, claro, es que en tecnología no hay nada que permanezca constante mucho tiempo, y la aparentemente infranqueable ventaja que ASML tenía sobre cualquier competidor, que prácticamente impedía que las compañías chinas, a pesar de importantísimas inyecciones de dinero público, fabricasen chips de última generación, puede tener sus días contados. De hecho, la japonesa Canon afirma que tiene máquinas capaces de rivalizar con las de ASML, y de hacerlo además a una fracción de su coste.

La cuestión ilustra claramente el coste de una sanción comercial: ASML es una compañía holandesa que no tiene, en principio, nada que ver con la guerra comercial emprendida por los Estados Unidos contra China, pero la condición de aliado norteamericano del país europeo condicionaba su capacidad para decir que no a esas sanciones. Si ASML ha estado vendiendo, además de recambios para sus máquinas más antiguas, componentes de máquinas nuevas, ha sido, indudablemente, porque su gobierno se lo ha permitido. Pero ahora, cuando otro posible competidor aparece en la mesa de juego, el daño para ASML puede ser importantísimo, e inflingido en un contexto sociopolítico en el que no entraba ni salía.

Si Canon ha sido capaz, como afirma, de desarrollar y construir una tecnología capaz de llevar a cabo fotolitografía ultravioleta extrema que permita fabricar chips de última generación, y ha conseguido además hacerlo con un coste muy inferior a la que vende ASML, el impacto en las previsiones de la compañía puede ser potencialmente muy elevado. Y lógicamente, habría que empezar a hablar de cómo los Estados Unidos va a presionar a otro de sus aliados, Japón, para que no venda esas máquinas a China, algo que resulta previsible dada la condición de aliado del país nipón, pero que a Canon, de nuevo, no le va a hacer maldita la gracia. China no solo es un mercado descomunal, sino que tiene un interés tan importante por esas máquinas y por obtener las claves para la fabricación de chips competitivos, que seguramente esté dispuesta a pagar premiums de precio muy significativos.

Ese es el problema de las guerras comerciales aplicadas a la tecnología: que aunque los contendientes las puedan ver muy claras, los implicados corren riesgos que, en muchos casos, no están en situación de asumir, porque es casi imposible asumir que uno va a estar solo en el mercado mucho tiempo. Hablamos de una industria en la que cada operación se planifica con muchísimo tiempo y suele tener un importe descomunal, así que la posibilidad de tener que repartirse el mercado con un tercero puede impactar gravemente las previsiones de cualquier compañía, y hacer que pase de ser una joya en el mercado a ser simplemente una compañía más.

Decididamente, la política y la tecnología no parecen buenos compañeros de cama.

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