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Facebook: breaking up is hard to do…

IMAGE: Facebook logo broken

La Federal Trade Commission (FTC) y los fiscales generales de 48 estados norteamericanos presentan dos demandas contra Facebook por abuso de posición competitiva, investigadas conjuntamente pero presentadas de forma independiente, y que podrían obligar a la compañía a desprenderse de sus dos adquisiciones más importantes: Instagram, que compró por alrededor de mil millones de dólares en abril de 2012, y WhatsApp, que adquirió por 19,000 millones de dólares en febrero de 2014.

Las demandas afirman que las adquisiciones de estas compañías estuvieron destinadas a crear un competidor monopolístico que ha reducido las opciones de usuarios y anunciantes, y son completa y absolutamente obvias: durante buena parte de su historia, el objetivo de Facebook ha sido siempre el de adquirir a toda compañía que adquiriese un mínimo de tracción en el entorno de la web social. Así lo hizo en esos dos casos más conocidos, Instagram y WhatsApp, pero también con otras aplicaciones menos conocidas, como Gowalla o tbh (que cerró a los pocos meses junto con otras dos adquisiciones, Hello y Moves), además de intentarlo con otras como Twitter, Foursquare, Snapchat, y seguramente otras más que no sepamos.

La explicación que suelo dar a mis alumnos cuando discutimos el caso Facebook es clara: imaginemos a una persona con un poder de decisión omnímodo sobre una compañía, sentado en la cúspide de una pirámide desde la que puede ver de manera detalladísima el comportamiento de más de dos mil millones de usuarios, y cada vez que, desde tan privilegiada atalaya, observa cualquier tipo de movimiento, se plantea inmediatamente adquirir o copia a la compañía que lo origina.

Ese comportamiento es una amenaza absoluta para todo tipo de innovación: si rechazas la oferta, sabes perfectamente que Facebook copiará tu propuesta de valor tantas veces como sea necesaria, hasta lograr eclipsarte. La estrategia de Zuckerberg es clara: si no puedes comprarlo, cópialo. Y así ha ocurrido en numerosas ocasiones: en el caso de Snapchat, la compañía llegó a lanzar infructuosamente hasta cuatro clones de la funcionalidad de la compañía antes de, finalmente, acertar con las Instagram Stories y robarle usuarios hasta superarla. Otras veces, como en el caso de HouseParty, Facebook se plantea adquirirla, pero tras encuestar a sus usuarios, decide copiar su funcionalidad y lanzar un clon. En los últimos tiempos, Facebook ha levantado un poco el pie del acelerador en las operaciones de adquisición… ¿por qué? Precisamente, para tratar de evitar una demanda como la planteada ayer.

¿Cómo competir contra una compañía capaz de detectar cualquier movimiento en el ámbito de la web social, con los bolsillos tan profundos como para plantearse comprar cualquier cosa, y con la capacidad técnica de copiar sin ningún problema la funcionalidad de cualquier otra? Si eso no es un comportamiento anticompetitivo o un abuso de posición monopolística, nada lo es. Facebook lleva toda su vida haciendo todo lo posible por mantener bajo control un ámbito tan incontrolable como la web social, con una estrategia basada en la paranoia: si detectas cualquier comportamiento que apunte a una posible disrupción, tienes que adquirirlo, cerrarlo o copiarlo antes de que sea tarde.

Es precisamente esa actitud agresiva la que ahora va a enjuiciarse, y la que se convierte en la mayor amenaza para el negocio de Facebook. La contestación de la compañía en ese sentido incide en argumentos absolutamente vagos, manidos y superficiales: que si es «hacer revisionismo de la historia», que si «tenemos mucha competencia», que si «hemos mejorado mucho lo que adquirimos»… por supuesto, cuando compras algo y no lo cierras, lógicamente lo incorporas para mejorar tu funcionalidad, y no hacerlo sería estúpido. ¿Competencia? Sí, todo el mundo la tiene, pero no todos pueden plantearse sistemáticamente comprarla o copiarla. Que sí, que TikTok es un gran competidor… pero si Facebook no ha intentado comprarlo (que sí lo intentó con Musical.ly en su momento) ha sido simplemente por no provocar más aún al regulador – y además, ya va por su segundo intento de clonarla.

Un caso complejo, sin duda, que va a traer consigo infinitos análisis, y que, de hecho, llega muy tarde. Como en todos los casos de legislación competitiva, demostrar el daño no es sencillo porque implica hablar de hipótesis y jugar a escenarios de tecnología-ficción, pero en el caso de Facebook, hay muy poco que dejar a la imaginación: la compañía lleva muchos años practicando una estrategia de «engulf and devour» con todo aquello que se mueve en su ámbito de actividad, todo el mundo en Silicon Valley lo sabe, y ejerce un poder absolutamente omnímodo sobre toda la web social: no solo es la red social más usada del mundo en prácticamente todos los países, sino que en muchos de ellos posee además la segunda y la tercera.

Facebook, como todos los políticos saben muy bien, es demasiado poderosa, y ha conseguido ese poder pasándose completamente por el forro toda idea de competencia justa. No he visto nunca un caso comparable de comportamiento tan brutalmente predatorio, que únicamente comenzó a verse contenido hace poco tiempo, cuando comenzó a verle las orejas al lobo. Precisamente, cuando empezó a temerse que algo así podría pasar.

Ahora, como no podía ser de otra manera, ha pasado. Y en la modesta opinión de un profesor que lleva muchos años estudiando el tema y discutiéndolo con sus alumnos… ya iba siendo hora.


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