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Sobre «The Social Dilemma»

Han sido ya varias personas las que me han pedido mi opinión sobre el documental producido por Netflix «The Social Dilemma«, así que imagino que no es mal momento para ponerme con ello.

Cuando lo vi, hace varias semanas, me ocurrió lo que suele ocurrirle a una persona que lleva muchos años escribiendo sobre un tema: me pareció que simplificaba demasiadas cosas, que daba trazos demasiado gruesos, que claramente adelantaba la conclusión a los acontecimientos. Imágenes que buscan un gran patetismo, que pintan auténticos dramas con música que evoca tensión, como si en cada momento del documental alguien fuese a salir de detrás de una cortina a apuñalar a alguien. Después comprobé que no era el único en pensar que, en ocasiones, cuando exageras mucho el tono para comunicar una idea, pierdes en lugar de ganar.

Fue esa impresión de exceso de dramatismo, de absurda búsqueda de la estética de thriller de tensión, la que me echó un poco para atrás a la hora de escribir sobre el tema. Pero claramente, una cosa es cómo percibe algo una persona que está harta de escribir sobre ello – y seguramente, que tiene hartos a sus lectores, que ya saludan mis entradas sobre Facebook con el comentario «hoy toca Facebook» – y cómo lo hacen quienes lo ven con una mentalidad menos condicionada o – posiblemente – más abierta. Una cosa es ver a Jaron Lanier o a Tristan Harris cuando te acaban de rotular quienes son y te expones a sus ideas por primera vez, y otra muy diferente verlo cuando llevas tiempo leyéndolos en artículos, viéndolos en vídeos y citándolos con asiduidad, o cuando tienes diapositivas con sus frases en tus presentaciones. Que sean precisamente las personas que han trabajado en Facebook o los que llevamos años estudiándola los que peor hablemos de ella debería, seguramente, generarte alguna preocupación.

El efecto de la dopamina en nuestra forma de usar las redes sociales es bien conocido, y lo he contado en clase en infinidad de ocasiones. ¿Nos engancha? Del mismo modo que nos enganchan muchas otras cosas. No es una drogadicción – esa hipótesis es simplemente absurda – pero sí genera patrones de uso que, si no se someten a educación y moderación, pueden resultar negativos, o distraer de otras actividades. Esos patrones no son exclusiva de las redes sociales: muchas otras actividades humanas los generan, pero nunca nos habíamos enfrentado a esa combinación de dopamina con un algoritmo diseñado para intensificar nuestros sesgos, para reforzar nuestras creencias, para mantenernos pegados más tiempo a una pantalla para que, en último término, veamos más publicidad. Menos aún lo había hecho una compañía que desprecia e ignora todas las reglas, que vulnera cualquier atisbo de moralidad, y que además, cree que con disculparse después, ya es suficiente.

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Si llevas mucho tiempo escribiendo sobre el problema que representan las redes sociales, y muy en particular, sobre lo peligroso que se ha vuelto Facebook, es difícil decir nada original sobre un documental que se ha vendido como «si odias el social media, te gustará este documental«. ¿Debemos repensar nuestra relación con Facebook o Instagram? Por supuesto: yo llevo tiempo haciéndolo. Pero no es tan fácil como decir «sal de las redes sociales». Hay más. Muchas personas necesitan esas redes. Para muchas, es su forma de saber qué hacen sus hijos, su familia, sus amigos. Les da oportunidades para hablar con ellos, para felicitarlos, para ver las fotos que han hecho en sus vacaciones, para saber qué hacen. No es tan sencillo. Pero se puede minimizar la exposición, y reducir el peligro.

Hace años, Facebook era una pestaña permanentemente abierta en mi navegador y un icono en mi móvil que emitía notificaciones constantemente. Ahora, solo entro en Facebook para pegar el título y enlace de lo que acabo de escribir, y lo he desinstalado de mi móvil. Limito mi uso al mínimo imprescindible, y recomiendo a todo el mundo que lo haga así: eliminar sus notificaciones en el smartphone, entrar pocas veces, quitarle el acceso a localización, a cámara, a micrófono y a todo lo que puedas, y asumir que hablamos de una compañía peligrosa y fuera de control que te engañará y venderá tu información siempre que pueda.

Sobre todo, no trates de informarte sobre la actualidad en Facebook, porque te encontrarás sometido a la peor y más peligrosa de las manipulaciones, la que pretende convencerte de que todo lo que piensas es lo mismo que piensan tus amigos, y está completamente justificado. Reforzar completamente tus sesgos para que te sientas a gusto y te quedes más tiempo. Estoy muy de acuerdo con algo que se ha escrito recientemente: hablamos posiblemente de una de las compañías más desastrosas para el mundo en toda su historia.

Las redes sociales no son malas. Representan un avance en la forma en que nos comunicamos y nos relacionamos, un canal abierto para compartir cosas, saber de nuestros amigos, y para muchas cosas más. El problema no son las redes sociales: el problema es aceptar su explotación por parte de modelos completamente carentes de ética en los que las personas son reducidas a mercancía, a recursos a explotar lo más posible.

Cuando esa locura, además, se hipertrofia porque miles de empresas en todo el mundo quieren pagar por los servicios de un francotirador inmoral, el dislate alcanza proporciones increíbles, y vemos a Facebook convertido en genocida, en el manipulador de elecciones, en explotador de la división y las tensiones de todo tipo, o en amplificador de las peores características del ser humano: racismo, machismo, nazismo, conspiranoia… escoge lo que quieras, lo encontrarás en Facebook en dosis masivas. Y no porque haya personas con esas creencias, que desgraciadamente las hay, sino porque Facebook ha visto una oportunidad de negocio en amplificar sus creencias y en permitirles apalancar su poder para difundirlas mediante todo tipo de ingeniería: perfiles falsos, noticias falsas, maniobras coordinadas, publicidad hipersegmentada allá donde más daño hace… pero no, las redes sociales, como tales, no son malas. Las que son malas son las redes sociales completamente fuera de control que tenemos ahora. Hay esperanza. Veremos otras.

¿Tenemos que repensar el social media? Por supuesto. Como sociedad, hemos aceptado un absurdo pacto que ha normalizado lo que jamás debería haber sido visto como normal, y la compañía que lo defiende como estandarte de su modelo de negocio está ahora blindándose todo lo que puede para evitar que pueda ser regulada. Mientras no seamos capaces de limitar muchísimo lo que Facebook puede hacer, la democracia estará en peligro.

Si no has visto «The Social Dilemma», no dejes de verla. Pero sobre todo, lo más importante: no te quedes ahí. No te limites a un documental. Además, lee libros y artículos sobre el tema, sigue las noticias y entérate bien de cómo funcionan las herramientas que usas, sean Facebook, Instagram, TikTok o la que quieras. No vivas para ellas, como mucho, hazlas trabajar para ti. Entérate de lo que eres para esas compañías, de lo que hacen contigo y de las técnicas que utilizan. Y tenles miedo. Mucho miedo.


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