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Ciudades y atascos: causa o consecuencia

IMAGE: Darya Tryfanava - Unsplash

Londres es una de las ciudades del mundo con mayor nivel de congestión en su tráfico. Y sin embargo, únicamente el 20% de los londinenses utilizan su coche habitualmente para ir desde su casa a su trabajo y viceversa, y un 41% de los hogares en la ciudad no posee ningún coche.

Sin embargo, la estructura de la ciudad parece estar diseñada para acoger cuantos más automóviles, mejor: si un 8.8% de la superficie de la ciudad está dedicada a espacio residencial, nada menos que un 12.4% está dedicada a calles y carreteras, y en algunos barrios específicos, la estadística es todavía más extrema. Es como si la ciudad fuese literalmente para los coches, y a las personas simplemente se les permitiera malvivir en ella.

En París, se vive un fenómeno similar, pero en una fase diferente: la ciudad está logrando mejorar sus estadísticas de tráfico y su nivel de congestión gracias a un ambicioso plan por parte de la alcaldesa Anne Hidalgo para reducir el espacio destinado a los automóviles, con eliminación de carriles utilizables por los automóviles para destinarlos a transporte público, bicicletas, patinetes, etc., con las llamadas «zonas tranquilas» y con reducción también de espacio de aparcamiento. El patrón es, de nuevo, similar: un amplio porcentaje de parisinos no utiliza su coche habitualmente o directamente no posee uno, en lo que supone una paradoja cada vez más interesante: a mayor renta per cápita en una ciudad, menor porcentaje de propietarios de automóviles en ella.

La evidencia es clara: incrementar las infraestructuras dedicadas al automóvil no solo no reduce la congestión, sino que tiende a incrementarla. Si bien lo intuitivo ante una carretera colapsada sería incrementar su capacidad, diseñar mejores soluciones para sus intersecciones o aumentar su número de carriles, la realidad es que este tipo de obras terminan funcionando como un incentivo para quienes quieren utilizar su automóvil, y redundan en mayor congestión.

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La solución parece clara: en lugar de seguir facilitando el acceso del coche a la ciudad, dedicarse a dificultarlo conscientemente. La mejor forma de desincentivar el uso del automóvil en las ciudades no es construir mejores accesos, sino garantizar a los ciudadanos que si salen en coche de su casa, tendrán que afrontar muchísimo tráfico, perder un montón de tiempo y tener verdaderos problemas para encontrar dónde dejarlo. Así, el tráfico de Londres puede, en realidad, ser interpretado completamente al revés: no se trata de solucionarlo, sino precisamente de lo contrario, de agravarlo, desmantelando cada vez más las infraestructuras dedicadas al automóvil.

Un enfoque que podrá ser impopular, pero que a medio y largo plazo aboca a los residentes en la ciudad a una dinámica evidente: si no quieres terminar completamente desesperado, deja tu automóvil en casa o incluso renuncia a tenerlo (te saldrá muchísimo más barato alquilar uno cuando realmente lo necesites) y desplázate mediante otros medios.

Si lo pensamos, es básicamente lo mismo que está ocurriendo con la crisis energética que el continente europeo anticipó a partir de la invasión rusa de Ucrania: en lugar de convertirse en un problema importantísimo, y gracias entre otras cosas a un invierno relativamente benigno, ha evolucionado para convertirse en una enorme oportunidad para llevar a cabo una aceleración descomunal de la inversión en energías renovables, que hacen, entre otras cosas, que aunque ahora mágicamente se solucionase el problema ucraniano y volviésemos a estar en buenos términos con Rusia, nunca volveríamos a adquirirles carbón e hidrocarburos como lo hacíamos antes de la invasión.

Aprovechar el valor de las crisis como posibles generadoras de cambios es una demostración de inteligencia. No hay mejor manera de eliminar la dependencia de los hidrocarburos que tener que prepararse para un escenario en el que la disponibilidad de esos hidrocarburos se ve dramáticamente restringida. No hay mejor manera de prepararse para ciudades más limpias, habitables y sin atascos que demostrar a sus ciudadanos que la actual dinámica de atascos es insostenible e irresoluble con las solucionas tradicionalmente planteadas. En lugar de incrementar las infraestructuras y el espacio dedicado al automóvil, desmantelarlo: más terrazas de hostelería, más espacio para aparcamiento de vehículos de micromovilidad y cada vez menos plazas de aparcamiento tradicionales: ni pagando, ni sin pagar, en esta calle no se aparca. Menos carriles para automóviles, y más dedicados a transporte público, bicicletas y patinetes. El enésimo día que veas a los autobuses o a las bicicletas circulando sin problemas y a tu vecino llegando en metro mucho antes que tú, mientras tú luchas por incorporarte a una calle completamente colapsada con automóviles mientras un gran despliegue de agentes se dedican a multarte si haces algo mal, es posible que cambies tu mentalidad. Y si no lo haces… pues tú mismo. Ya te cansarás.

Para solucionar el problema del tráfico de automóviles en las ciudades, dificúltalo lo más que puedas. Sin duda, una solución interesante.

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