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La pandemia y el dinero en metálico

IMAGE: Didier Weemaels on Unsplash

Aparentemente, la relación entre la pandemia y el uso de dinero en metálico proviene de sus inicios, de cuando sabíamos aún muy poco sobre los detalles de la transmisión del virus, y creíamos, erróneamente, que podía transmitirse por contacto con superficies.

Esa hipótesis tardó en demostrarse como falsa, y de hecho, nos ha dejado con algunos hábitos que parecen difíciles de eliminar, como el uso de gel hidroalcohólico en muchos sitios (completamente inútil, salvo porque hace que todos vayamos con las manos algo más limpias) o el abandono, por parte de muchas personas, del uso del dinero en metálico, identificado como algo sucio y peligroso.

Si unimos a esa información falsa los efectos de un confinamiento durante el que utilizamos la tarjeta de crédito para comprar todo tipo de productos a través de la red, tenemos la receta para la tormenta perfecta: la pandemia ha provocado que muchísimas personas abandonen el uso del dinero en metálico, y que muchísimos establecimientos acepten ahora el pago mediante tarjeta en cualquiera de sus modalidades (tarjeta como tal, teléfono, reloj, etc.) para cualquier transacción, incluso de importes muy pequeños.

En realidad, la pandemia solo ha sido un paso más en el abandono de una tecnología, el dinero en metálico, que llevaba ya tiempo en franca reducción en muchos países. En determinadas zonas de los Estados Unidos, en China o en Suecia, por ejemplo, pagar en metálico puede suponer como mínimo una mirada rara, y como máximo, no poder hacerlo si el establecimiento lo señaliza expresamente. En Suecia, de hecho, donde tan solo el 1% de los flujos económicos tienen lugar en metálico, ya prácticamente vienen de vuelta: el abandono del dinero en metálico convierte a muchos ciudadanos, generalmente mayores, en auténticos marginados, lo que ha llevado a algunos a señalar los problemas de una adopción muy rápida.

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En otros países, como India o Alemania, el dinero en metálico cuenta con muchos más adeptos, aunque en el caso de los germanos también se está viendo un reciente retroceso debido a la pandemia. Los bancos centrales llevan tiempo previendo un mundo sin dinero en metálico y poniendo sobre la mesa la posibilidad de lanzar su propio dinero digital, mientras otros muchos se plantean la idoneidad del cash para muchos tipos de transacciones, su escasa trazabilidad, su anonimato, y se plantean si su abandono no representará un problema en ausencia de una tecnología que cumpla esos mismos requisitos.

Por el momento, lo que sí estamos pudiendo comprobar son las crecientes dificultades de muchos trabajadores en ocupaciones y países en las que existe una tradición de dar propinas. Las limpiadoras de habitaciones en hoteles, por ejemplo, están muy acostumbradas en muchos países a recibir propinas que los huéspedes les suelen dejar habitualmente sobre la almohada, pero ahora, esos huéspedes simplemente no llevan dinero en el bolsillo, y la reducción en esos ingresos, que les ayudaban a completar su generalmente exiguo salario, es notoria.

Lo mismo ocurre con otras ocupaciones como la hostelería, en la que algunos establecimientos aún no aceptan las propinas en la tarjeta por los problemas que plantea su contabilidad posterior, o muchos otros trabajos, desde quien te ayuda con el equipaje en un hotel, estación o aeropuerto hasta bailarinas en clubs de striptease o incluso personas que viven de la caridad. En algunas iglesias, el cepillo se pasa ya de manera electrónica añadiendo un código QR al recipiente de las monedas.

La cuestión se complica por las diferencias de costumbres: desde países en los que se toma prácticamente por sentado que un determinado porcentaje de la cuenta será entregado como propina y resulta casi insultante no dejarla, hasta otros en los que se deja simplemente el cambio o no se deja nada. Cuando los ciudadanos se acostumbran a no llevar dinero en metálico en el bolsillo porque simplemente deja de ser necesario, volver atrás puede costar bastante. Cada vez más, muchas personas se encuentran acudiendo a un cajero automático no porque necesiten dinero, sino simplemente porque van a ir a un hotel y necesitan algo de dinero para dar propinas.

Por otro lado, no existe un equivalente sencillo, algún tipo de app que permita a un usuario hacer un pago de manera instantánea y sin complicaciones a otro, de manera razonablemente discreta y sin necesidad de comunicar siquiera el número de teléfono o la identidad. Un problema si pensamos que las propinas o la caridad representan una parte del modelo económico que tiene un valor importante para muchas personas, y que la alternativa de simplemente abandonar esos hábitos porque dejan de resultar convenientes puede terminar siendo un problema importante para muchos. ¿Será capaz la tecnología de plantear una solución sencilla para esos pequeños pero habituales pagos en los que no se requiere trazabilidad alguna, y sin que ello suponga un problema de seguridad?

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