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La pandemia y la gestión de fenómenos dinámicos

IMAGE: Coronavirus on crosshair

Mi columna de esta semana en Invertia se titula «La pandemia como blanco móvil» (pdf), y trata de incidir en la complejidad de gestionar un fenómeno sobre el que vamos teniendo cada vez más información a medida que los esfuerzos de la ciencia van dando sus frutos, y cuya gestión debemos adaptar constantemente para obtener resultados mínimamente razonables.

En efecto, lo que diferencia a los países que están gestionando la pandemia de una manera adecuada de aquellos que están viendo volver a repuntar sus cifras de contagios y fallecimientos no es otra cosa que el concepto de gestión dinámica. Sobre un virus que, a través de una mutación, pasa a infectar a nuestra especie no sabemos nada hasta que la ciencia empieza a investigar. A partir de ahí, las conclusiones de la ciencia deben ser nuestra única y permanente orientación, y es posible que, a raíz de nuevos ensayos, experimentos y descubrimientos, esa orientación cambie.

Así, al principio de la pandemia creíamos que debíamos desinfectar todas las superficies, usar guantes en todo momento, usar gel hidroalcohólico y lavarnos las manos constantemente. Ahora sabemos que la transmisión del virus a través de superficies (fomites) es prácticamente irrelevante, y que la realidad es que la inmensa mayoría de los contagios se dan a través de aerosoles respiratorios, que pueden mantenerse en suspensión en el aire durante bastante tiempo en lugares cerrados y poco ventilados.

¿Qué implicaciones tiene un descubrimiento como ese? Ni más ni menos que la necesidad de cambiar muchos de los protocolos que utilizamos para prevenir la transmisión del virus. Implica que todo el gel hidroalcohólico o la limpieza obsesiva de superficies ayudan entre poco y nada, y que, en cambio, lo fundamental es tener la mascarilla puesta – y bien puesta, no con la nariz fuera, ni floja, ni en el cuello «porque me agobia» – en todo momento cuando se está en interiores con personas no convivientes. Eso quiere decir siempre cuando se esté con amigos, conocidos o familia no inmediata en cualquier lugar cerrado, con especial preocupación con los espacios como casas, bares o restaurantes en los que comemos o bebemos, y por tanto nos quitamos esa mascarilla. La inmensa mayoría de los focos vienen ni más ni menos que de ahí: llegamos a casa de unos amigos o familiares con la mascarilla puesta, pero al entrar, nos la quitamos y nos ponemos a hablar, comer y beber en un interior. Ese es el problema, y no el que llevemos la mascarilla por la calle o no.

Entramos en el otoño y el invierno en el hemisferio boreal, y eso implica que, debido al frío, vamos a permanecer mucho más tiempo en interiores. La única manera de evitar contagios masivos es que extrememos las precauciones con las mascarillas en esas circunstancias, no que la llevemos por la calle, en donde la transmisión mediante aerosoles es mucho menos probable. Consecuentemente, la información que las autoridades deben dar es ni más ni menos que esa: informar adecuadamente sobre el uso de las mascarillas. Cuáles son adecuadas y para qué, y cómo y en qué momentos deben llevarse. Si en lugar de eso nos centramos en multar a los que van por la calle, no conseguiremos nada – más que el que los ciudadanos, con sensación de persecución, se quiten la mascarilla aliviados en cuanto crean que la policía no les ve. Lo que era una guerra contra un virus, pasa a ser una huída de la autoridad. Y con alta probabilidad, un contagio.

La tecnología y la investigación tienen sus tiempos. Vamos a tardar mucho tiempo en tener una vacuna de verdad efectiva, mucho más en poderla distribuir masivamente, y mucho más – tal vez nunca – en conseguir que una multitud de idiotas negacionistas que creen que su ignorancia vale lo mismo que las evidencias científicas se la ponga. Durante muchos años, tendremos reservorios del virus gracias a esa caterva de idiotas, y eso hará, desgraciadamente, que sigan apareciendo brotes derivados de ello. Afortunadamente, la ciencia y la tecnología también está llevando a que contemos cada vez con mejores tratamientos y con mejores pruebas diagnósticas: pronto, los tests serán muy baratos, con resultado inmediato, muy fiables y prácticamente ubicuos.

Una pandemia es un fenómeno dinámico, porque la información que tenemos sobre ella cambia constantemente, y como tal hay que tratarlo. En muchos países, muchas de las directrices que se dieron a la ciudadanía al principio de la pandemia siguen ahí, como si hubieran sido escritas en piedra, a pesar de que ahora sabemos que no sirven para prácticamente nada, y parecen haber renunciado a comunicar y educar en las nuevas evidencias que han ido apareciendo, como si tuvieran miedo a «no parecer coherentes».

Mientras no tengamos clara esa naturaleza dinámica de la pandemia, esa dependencia constante de los resultados de investigación y esa necesidad de alterar nuestras prácticas para incorporar esas nuevas evidencias, no lograremos enfrentarnos adecuadamente a ella. Para entender eso, hay que actuar con criterios científicos, no políticos. Los científicos saben y entienden que las cosas cambian. Los políticos, en cambio, suelen obsesionarse con decir algo, sostenerlo, y no enmendarlo.

Si de algo sirve esta pandemia es para que nos demos cuenta del enorme coste que tiene poner a incompetentes en puestos de elevada responsabilidad. Pero para más de un millón de personas en el mundo, entre ellos alrededor de cincuenta mil españoles, es ya demasiado tarde.


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