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Más sobre la importancia de la prueba diagnóstica

IMAGE: Fernando Zhiminaicela - Pixabay (CC0)

El pasado marzo, cuando la Organización Mundial de la Salud declaraba la infección por SARS-CoV-2, a la que se bautizó como COVID-19, como pandemia, escribí un artículo en el que comentaba la enorme importancia de desarrollar una prueba diagnóstica adecuada. Entonces, aún resultaba difícil entender la complejidad de la detección de un virus aún poco conocido y muy similar a otros coronavirus habituales en nuestro entorno.

Ahora, muchos meses después, las cosas ya se ven de otra manera: muchísimas personas hemos pasado ya un buen número de tests, entendemos perfectamente lo que implica la detección de componentes virales amplificados frente a la de anticuerpos generados por nuestro cuerpo como reacción a ese virus, y vamos ya con mucha más alegría a una prueba en sangre que conlleva un pinchazo frente a una, teóricamente menos invasiva, en la que el hisopo entra por tu nariz pero parece que se lleva un pedazo de tu cerebro. Tenemos ya tests basados en PCR, serológicos – con variantes como los tests rápidos (RDT), de enzimas (ELISA), de neutralización (PRNT) e inmunoensayos de quimioluminiscencia (CLIA) – y hasta de aliento, con perros o con láser, y empezamos a entender que, por mucho que afirme algún imbécil, los tests son la clave en el desarrollo de una pandemia que va a seguir mucho tiempo entre nosotros, y que cuando deje de ser pandemia, se convertirá seguramente en una enfermedad endémica.

Rápidamente, empezamos a entender que una PCR detectaba, mediante la amplificación, incluso pequeñas cantidades del material genético del virus y que, por tanto, podía seguir siendo positiva tiempo después de haber pasado la infección, además de poder confundirse con otros virus similares. Que los tests rápidos basados en antígenos detectaban la presencia de proteínas virales y que devolvían resultados positivos cuando una persona era más infecciosa, y que los tests basados en anticuerpos detectaban la respuesta inmune del paciente y no eran, por tanto efectivos en la detección durante las primeras fases de una infección. Distintos tests para diferentes usos, y todos ellos sometidos a la misma ley habitual de la tecnología: necesitaban escala para poderse producir de manera cada vez más barata, más sencilla, más eficiente y más precisa.

La primera clave de la pandemia de COVID-19 es aprender a vivir con ella. Muchos de los hábitos que nos hemos visto obligados a adoptar, como el teletrabajo, el uso de mascarillas, o todo lo relacionado con la reducción del riesgo de contagio, seguirá siendo fundamentales durante muchos años. Pero sin duda, una de las cuestiones fundamentales para recuperar una parte de nuestra calidad de vida tendrá que ver, como ya comenté el pasado marzo, con el desarrollo de tests diagnósticos cada vez más sencillo, más rápidos, más precisos y más baratos.

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Los primeros tests que empezamos a utilizar para detectar la infección no solo eran caros, sino que, además, eran poco fiables y se contaminaban con facilidad. La experiencia de tests masivos de países como Singapur o Corea del Sur fue llevando a otros países a tratar de seguir la misma estrategia y tratar de hacer tests a porcentajes cada vez mayores de su población, para pasar a entender que los tests, en realidad, solo diagnosticaban la situación de una persona en un momento determinado y que, por tanto, era necesario diseñar estrategias basadas en la administración periódica de los mismos. Un test, por ejemplo, del que recibimos los resultados dos o tres días después, sirve en realidad para muy poco, porque podemos habernos contagiado durante el tiempo que hemos tardado en recibir esos resultados.

Así, se ha desencadenado una auténtica carrera en la que participan desde organismos como la Melinda and Bill Gates Foundation, la española PharmaMar, Cepheid, Abbot, 3M, la Universidad de Oxford y muchos otros. La XPRIZE Foundation ha ofrecido una recompensa de cinco millones de dólares a quien sea capaz de ofrecer un test fiable que ofrezca resultados en minutos o como mucho, pocas horas, y que cueste menos de doce dólares, y en la competición se han inscrito 699 equipos de setenta países.

La idea, por tanto, es ser capaz de encontrar un método fiable y rápido tan sencillo que no requiera el uso de un laboratorio ni de personal médico especializado, que pueda hacerse fácilmente en casa o en otros sitios, y con un precio que permita su uso a escala masiva. Compañías como Amazon o numerosas universidades ya han incorporado este tipo de estrategias: yo recibo todos los días un mensaje que me recuerda que debo pasarme por una app para comunicar si he tenido algún tipo de síntoma ( y en caso afirmativo, con una página adicional para detallarlos), si he podido estar en contacto con alguien infectado, o si he estado expuesto a situaciones de riesgo, y que me permite solicitar una prueba que se realiza en el propio campus y que será de distintos tipos según las necesidades, incluyendo una que proporciona resultados en pocos minutos si es que estoy a punto de entrar en una clase.

En no mucho tiempo, la tecnología habrá llegado a un punto en el que, por muy poco dinero y de forma completamente rutinaria, podremos hacer tests fiables, por ejemplo, a nuestros amigos cuando los invitemos a cenar, a los asistentes a un evento, o a quien sea recomendable en cada momento, y empezaremos a sentir que nuestra vida se normaliza y que podemos, por ejemplo, darnos abrazos y besos cuando nos veamos en esas circunstancias. Sin embargo, esa sensación de normalidad será efímera: cuando salgamos por la puerta y de nuevo nos expongamos cada uno a diferentes contactos y situaciones de riesgo, volveremos a necesitar el enésimo test, que junto con la mascarilla, será parte de nuestra normalidad cotidiana durante mucho tiempo.

Cuanto antes lo entendamos y sepamos a qué estamos esperando y qué le pedimos a la tecnología, menos nos frustraremos durante el tiempo que pueda tardar en llegar. Por el momento, prudencia y paciencia…


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