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Redefiniendo el transporte público tras la pandemia

IMAGE: Ryan McGuire - Pixabay (CC0)

Cada vez son más las personas que ven en la salida de una pandemia que vació dramáticamente el transporte público en medio mundo, la oportunidad para redefinirlo de manera que resulte atractivo para todos los ciudadanos independientemente de su nivel de renta, y para convertirlo, mediante ambiciosos planes de inversión, en la verdadera solución a la congestión de las ciudades y a la reducción de las emisiones.

Una recuperación verde del transporte público que está llamada a jugar un gran papel en nuestro futuro: si reducimos el necesario abandono de los combustibles fósiles a la adopción de vehículos eléctricos de uso particular (responsables del 75% de las emisiones urbanas), las emisiones producidas por el transporte aún crecerían hasta un 16% más en el año 2050, algo completamente incompatible con los cruciales acuerdos de París. Y aunque buena parte de esas emisiones no se producen en las ciudades, sino en aviones, barcos y otros medios de transporte, no cabe duda que las ciudades se han convertido en auténticos hornos, en islas de calor, debido al efecto combinado de sus emisiones y del calentamiento del planeta. Tenemos tan solo diez años para reducir a la mitad nuestras emisiones de dióxido de carbono, y eso va a requerir cambios muy ambiciosos y sin duda impopulares, pero no por ello menos imprescindibles.

Así las cosas, las ciudades han comenzado a prepararse para la vuelta de los viajeros al transporte público una vez que una parte cada vez más significativa de la población ha sido vacunada y comienza a tener una percepción de riesgo ya prácticamente nula. París está procediendo a la descarbonización progresiva de su transporte público, Oxford y Coventry despliegan autobuses eléctricos, Helsinki espera diferenciarse como la ciudad con mejor transporte urbano del mundo en 2035, Dubai cuenta con que el 25% de todos los movimientos en la ciudad sean en robotaxis eléctricos, mientras Málaga, Oxford y varias ciudades chinas experimentan con autobuses autónomos eléctricos.

En todo el mundo, las ciudades intentan, con prometedores resultados, mantener las restricciones de tráfico que instauraron durante la pandemia, incrementar drásticamente los carriles bici, prohibir las estaciones de servicio urbanas y mejorar la experiencia de usuario del transporte público mediante apps y sistemas de pago. Todo ello dentro de un movimiento, el de las ciudades lentas, que cada vez gana más en popularidad por sus efectos inmediatos sobre la seguridad y las emisiones, y que podría adaptarse muy bien a unos cambios de hábitos tras la salida de la pandemia como, por ejemplo, la reducción de las horas punta derivada de un mayor uso de modelos de trabajo distribuido. Para muchos, la inversión en la mejora y adaptación a los tiempos de los sistemas de transporte público son parte de esa transición verde y justa que promete no solo reducir el uso del automóvil y la polución del aire, sino también proteger los derechos de los ciudadanos más vulnerables. Se estima que las ciudades podrían llegar a reducir las emisiones derivadas del transporte en un 80%.

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A partir de ahí, el resto de las medidas son mucho más impopulares y complejas, lo cual, obviamente, no implica que no sean necesarias: incrementar los impuestos a los combustibles fósiles de forma gradual pero consistente todos los años, prohibir la publicidad de vehículos con motor de combustión interna y de las competiciones deportivas relacionadas tal y como se hizo con el tabaco, limitar cada vez más zonas para la circulación de esos vehículos (empezando por el centro de las ciudades pero llegando, en pocos años, a la totalidad del casco urbano), eliminar el enormemente dañino aparcamiento en superficie, ofrecer incentivos económicos directos al desguace de vehículos diesel o de gasolina cuando no sean reemplazados, mejorar las infraestructuras para el uso de la bicicleta y de zonas peatonales, y ofrecer un transporte público barato y de calidad.

¿Debe apoyarse la adopción del vehículo eléctrico? En realidad, la respuesta es doble: por un lado, sí, porque son mejores que los de combustión interna en todos los sentidos. Pero por otro, el retorno de su inversión es menor que el de otras medidas y se produce a cambio de un tiempo de recuperación demasiado largo para que podamos tener éxito en el objetivo de contener el aumento de la temperatura global. El futuro, por mucho que crea Mary Barra, no es que todos nos compremos vehículos autónomos, sino que utilicemos el transporte, sea público o privado, como un servicio.

El final de una pandemia en la que se han producido fuertes cambios de hábitos es una oportunidad perfecta para redefinir cosas. Y el transporte público, decididamente, debería ser una de ellas.


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