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A Netflix no le pasa nada…

IMAGE: Google Finance

Obviamente, titular un artículo con «A Netflix no le pasa nada» e ilustrarlo con un gráfico bursátil que muestra la mayor caída del valor en toda su serie histórica es sumamente arriesgado, y no lo hago por provocar ni por buscar el clic fácil, algo a lo que no me he dedicado nunca.

La evidencia es innegable: las acciones de Netflix valían algo más de $690 a finales de octubre del año pasado, y ayer valían tan solo $188, una caída sin duda brutal de más de un 70% que supone un importantísimo recorte en la valoración de la compañía hasta los 88,000 millones de dólares. A ese precio, podría ser hasta un buen objetivo para una hipotética adquisición.

En algunos sentidos, la caída de Netflix tiene ciertos paralelismos con la que Facebook, ahora Meta, experimentó en febrero de este año: compañías que, en función de sus resultados, dan a entender al mercado que su crecimiento ha llegado a su límite, lo cual, en empresas que basan su valoración precisamente en su crecimiento, es un problema grave. Sin embargo, hay diferencias muy importantes entre los dos casos: la primera, que el estancamiento de Netflix se debe fundamentalmente al fin de la pandemia y de sus restricciones, a una fuerte reapertura y normalización de la mayor parte de sus mercados y a que, consecuentemente, sus suscriptores tengan ahora menos tiempo que pasar delante de la pantalla. Para muchos que se suscribieron a Netflix durante la pandemia para soportar las interminables horas de confinamiento, la vuelta a la normalidad ha significado recortar gastos y cancelar suscripciones a las que ahora otorgan menos valor. Lo de Facebook, en cambio, es otra cosa.

Por otro lado, el cierre del mercado ruso debido a la invasión de Ucrania, que supone una caída de alrededor de un millón de suscriptores, la interrupción de cuatro producciones en el país y la negativa a emitir veinte canales de propaganda rusos que estaba obligada a emitir por ley.

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La compañía tiene, además, otro problema: más de cien millones de cuentas que comparten sus contraseñas con otros usuarios. Durante muchos años, este uso ha sido tolerado, y considerado una especie de «conversión lenta», de convencer a otros usuarios con menos inclinación a pagar de que el servicio vale la pena. Ahora, la compañía se enfrenta a la necesidad de activar esas potenciales suscripciones, y de hacerlo, además, sin alienar a sus usuarios o generar una reacción de rechazo.

Además, es obvio que lo que en su momento era un mercado, el del streaming, que Netflix dominaba merced a una importantísima ventaja como pionera, es ahora una pléyade de competidores pugnando por obtener las suscripciones del público: Apple TV, reciente ganadora de un Oscar, pero también Amazon, Comcast, Disney+, Paramount o Warner Bros. Discovery, entre otros, algunas de las cuales tienen enormes librerías de contenidos que poner en valor. Lo que era una industria relativamente tranquila en la que toda la cuota era robada de la televisión tradicional, ahora es una batalla impresionante que incluso está llevando a algunos usuarios a echar de menos los tiempos de las descargas irregulares.

Por supuesto, estos no son problemas sin importancia. Pero de ahí a justificar una caída del valor tan brutal en una compañía como Netflix, va un trecho. ¿Qué otros factores pueden estar provocando problemas en una compañía como Netflix? Básicamente, lo que ocurre en todas las compañías cuando sus fundadores comienzan a tener un papel menos central en su gestión. Todo parece indicar que Ted Sarandos, un directivo que proviene de la industria de los videoclubs tradicionales, no solo no es Reed Hastings, sino que está lejos de serlo.

Aparentemente, la impresionante cultura empresarial que el fundador fue capaz de generar en la compañía está ahora no solo en peligro por la caída de suscriptores y del valor de sus acciones (y de sus opciones sobre ellas), sino además, muy impactada por decisiones como la salida de Cindy Holland tras más de dieciséis años en la compañía tomando decisiones sobre sus producciones originales, y su sustitución por Bela Bajaria, que ha dado lugar a una apuesta por la cantidad sobre la calidad y a decisiones de producción menos consistentes y, en muchos casos, con menos éxito que las de su predecesora. Ahora, Netflix es una enorme factoría de contenido en muchísimos países del mundo, y mantener el mismo track record que tenía en sus orígenes es, como mínimo, difícil. No todo en este mundo es fácil de escalar: las decisiones humanas no siempre lo hacen.

¿Qué pasa, entonces, en Netflix? Nada que no pase en todas las compañías cuando su fundador o fundadores pasan a papeles más discretos en la gestión: un choque cultural. ¿Importante? Por supuesto. ¿Pero capaz de justificar una caída de un 70% en el valor de la compañía? Ni de lejos. Muchísimas compañías han experimentado choques culturales, y la inmensa mayoría de ellas no solo sobrevive, sino que incluso salen reforzadas de ello.

¿Qué podría, en cambio, terminar de matar a Netflix, en mi opinión? La posibilidad de que, tratando de obtener una rentabilidad mayor, la compañía tomase la decisión de introducir publicidad. Durante mucho tiempo, la ausencia de publicidad ha sido no solo una de las señas de identidad más evidentes de Netflix, sino además, una de las que sus usuarios valoran más: muchos de ellos preferirían aceptar una subida de precio a tener que soportar anuncios. Por supuesto, esa elasticidad no es ilimitada y no soporta un incremento de precios ad infinitum, pero es seguramente un indicador muy bueno de lo que podría pasar si Netflix opta por ese camino.

¿Le pasa algo, por tanto, a Netflix? A cualquier compañía que pierda un 70% de su valor en bolsa le pasa algo, seguramente muchas cosas. ¿Pero deben esas señales llevarnos a pensar que semejante caída está justificada, que se mantendrá en el tiempo o que el modelo ya no funciona? ¿Son problemas sin solución? Sinceramente, mi opinión es que no es así, que lo que le ocurre a la compañía les ha pasado antes a muchas otras, y que no tiene por qué suponer un problema existencial. Nada de lo que no pueda recuperarse.

En cosa de un año, revisamos lo escrito.

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