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Sobre el discurso del éxito, en Forbes

El discurso del éxito y el grano de sal - Forbes

Pablo Álvarez, de Forbes España, me pidió un artículo para la revista de diciembre sobre el discurso del éxito, sobre las claves de los discursos que hacen que nos creamos a los personajes que los formulan, pero sobre todo, saber identificar cuándo están vacíos, por qué funcionan y cuán extendidos están en la política y en la empresa.

El resultado se titula «El discurso del éxito… y el grano de sal» (pdf), y parte del concepto de presumir de aquello que se hace, para pasar a explicar su indisoluble componente social, la sensación de privilegio que acompaña a determinados niveles de estatus y, a partir de ahí, su interacción con el mundo de la política, que lo exagera hasta niveles de la más absoluta sátira (o mejor, tragedia) y se dedica, por ejemplo, a construir las que posiblemente sean las meritocracias más absurdas y malsanas del mundo, con personas que se dedican a medir cuántos minutos pasa el presidente con cada una de las personas del partido, como queriendo hacer cálculos cabalísticos sobre las prioridades del partido en función de semejante estupidez.

Pero si con los partidos creíamos que la cuestión del discurso del éxito y su narrativa no iba a poder caer más bajo, llegaron las redes sociales, y superaron todos los niveles que razonablemente podríamos llegar a esperar. Ahora, el discurso del éxito se basa en magnitudes completamente manipulables, en dialécticas repetidas muchas veces. Y en la práctica, el problema no es que exista, sino que funciona. Que millones de norteamericanos creen que Donald Trump fue un empresario exitoso y un millonario hecho a sí mismo, y que esas supuestas credenciales, esas dos enormes mentiras, se convirtieron en una parte importante de la narrativa que le acercó a la Casa Blanca. Y como ese caso especialmente hiperbólico, muchos otros, en el día a día: construye tu narrativa, adórnala con unas cuantas métricas, y repítela muchas veces. A base de repetirlo, es posible incluso que te conviertas en mitómano, y que pases a creerte la mentira tú mismo, algo muy interesante a la hora de resultar más creíble.

Ahora resulta que en una sociedad más hiperconectada que nunca y en la que la verificación de la información suele estar a golpe de un par de clics, nos hemos convertido en mucho más crédulos y más ingenuos, en personas capaces de tomar por cierto cualquier discurso armado en base a épicas, a grandilocuencias y a biógrafos afines, o más bien, en personas dispuestas a creer cualquier cosa que queramos que encaje en nuestra visión, que justifique lo que pensamos o decimos.

No es una cuestión de escepticismo radical, ni de exaltación de la desconfianza absoluta. Pero sí que tengamos en cuenta que, en un mundo como el que hemos definido, puede ser sumamente interesante dedicar un tiempo a encontrar métricas fiables y a tomarse determinadas cosas, como dicen los anglosajones, con un grano de sal.

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