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Llevando el concepto de beta al límite: Tesla FSD

IMAGE: Tesla

El lanzamiento de la versión beta de la conducción autónoma completa (Full Self-Driving, o FSD) de Tesla para un reducido grupo de usuarios tiene a las redes absolutamente locas compartiendo sus experiencias y hablando sobre el miedo que da o la locura que supone confiar la conducción al vehículo por mucho que se mantengan la atención o las manos en el volante, o sobre hasta qué punto tiene sentido poner en manos de los usuarios una tecnología como esa en una fase temprana de su desarrollo.

El lanzamiento acerca a la compañía al cumplimiento de las palabras de su figura más visible, Elon Musk, que prometió que la prestación de conducción autónoma completa estaría lista antes del final del año, y deja claras las dificultades que van a tener otras compañías supuestamente competidoras, que se encuentran aún a años luz de semejante funcionalidad.

Lo cierto es que no es para nada la primera vez que Tesla pone en manos de sus usuarios prestaciones que están todavía en fase de evaluación temprana. Los propietarios de sus vehículos estamos ya perfectamente acostumbrados a encontrarnos, en las frecuentes actualizaciones de software, con nuevas funcionalidades etiquetadas como beta, y en las que es preciso pasar por una pantalla de advertencia antes de proceder a su activación. Este tipo de cuestiones, el disfrutar de un vehículo cuyas prestaciones mejoran con el tiempo gracias a actualizaciones de software, o el participar en la prueba de una funcionalidad son cosas que los clientes de marcas tradicionales de automóviles, simplemente, son incapaces de entender.

En la práctica, los usuarios no solo estamos deseando probar esas actualizaciones, sino que ponemos un especial cuidado en ello, fundamentalmente debido a que se trata de nuestra responsabilidad, pero sobre todo, en último término, de nuestro vehículo y nuestras vidas en caso de que algo vaya mal. Tengo pocas dudas de que cuando un conductor prueba una prestación como esta, lo hace con mucha más atención y cuidado que si quien está probándola no tiene que responder de un fallo: en la práctica, cualquier propietario de un Tesla conducirá con mucha más competencia que la tal Rafaela Vasquez, conductora de pruebas de Uber en Arizona carente de toda cualificación (y sentido común), que iba viendo un episodio de «La Voz» en su smartphone mientras su vehículo atropellaba a una persona.

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Además de esa mayor responsabilidad derivada de lo que está en juego, cabe señalar otra interesante circunstancia: los usuarios de Tesla, además de mostrar una inquebrantable lealtad a la marca y una elevadísima satisfacción con sus productos, se sienten más vinculados a la compañía precisamente debido a lo que suponen esas actualizaciones frecuentes y esa posibilidad de probar nuevas prestaciones, frente a la experiencia habitual que suponía adquirir un vehículo y que este ya no evolucionase nunca más, o ni siquiera volvieses a hablar con la persona que te lo había vendido, sino con el taller que lo reparaba.

Obviamente, la inclinación de Tesla a posibilitar que sus usuarios sean quienes prueban una versión beta de un producto tiene mucho que ver con la mentalidad de empresa de software frente a la tradicional de la industria de la automoción: ningún fabricante de automóviles tradicional se atrevería a hacer algo así, y en caso de hacerlo, se encontraría con cientos de demandas de sus usuarios en caso de que algo fuese mal. En el caso de Tesla, esto no solo no ocurre, sino que esos usuarios se muestran satisfechos de contribuir con su experiencia a mejorar el producto.

¿Tiene sentido, por tanto, que una compañía deje en manos de sus usuarios la beta de un producto como la conducción autónoma completa, que podría en último término provocarles problemas si funcionase mal? Obviamente, hablamos de una beta ya muy evolucionada, lanzada por un fabricante ya con mucha experiencia – en mis viajes habituales circulo prácticamente en todo momento en conducción autónoma desde hace ya mucho tiempo – y con unos usuarios que ya han pasado por esa fase anteriormente. La primera vez que confié en mi Tesla para tomar una curva, para frenar e iniciar la marcha en un atasco o para detenerse en un semáforo es evidente que estaba como mínimo muy atento y preparado para tomar el control de inmediato en caso de mal funcionamiento, y esa experiencia no solo se ha repetido en varias ocasiones con otras prestaciones y funcionalidades, sino que se ha dado siempre con completa satisfacción. Además, la compañía ha puesto en marcha la beta eligiendo cuidadosamente a quiénes ofrecérsela, considerando que conoce perfectamente sus hábitos de conducción y su comportamiento al volante porque la inmensa mayoría de los usuarios de Tesla compartimos nuestros datos de conducción con la marca. Y por último, es evidente que confiar en los usuarios para que prueben una versión beta o, como ya hemos visto, para que alimenten los algoritmos de conducción, es algo que acelera en gran medida el lanzamiento de este tipo de posibilidades.

Al final, el balance está claro: en lugar de ser simplemente una compañía la que lanza un producto, quien lo hace es la compañía y el enorme laboratorio que constituimos todos sus usuarios, que lo mismo servimos para incorporar al algoritmo millones de kilómetros de conducción, que para probar una prestación nueva, que para notificar algún problema. El resultado es el que es: una marca extremadamente competitiva, cuyos productos mejoran a muchísima más velocidad que los de su competencia, y sobre todo, que disfruta de una posición completamente inalcanzable, porque puede hacer cosas que ninguna otra marca tradicional se atrevería siquiera a plantearse. Y eso, como las evidencias y el mercado demuestran, tiene un valor muy elevado.


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