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Rearquitectura y futuro del trabajo

IMAGE: Frederico Meyer - Pixabay (CC0)

Que una pandemia es una desgracia a todos los niveles es una afirmación que requiere poca prueba. Sin embargo, el género humano se caracteriza precisamente por su capacidad de adaptación y por ser capaz de aprender de la adversidad: si durante meses hemos desarrollado el mayor experimento de trabajo en remoto de toda la historia, deberíamos ser capaces de derivar algunos elementos positivos de ello, en lugar de dedicarnos de manera simplista a esperar a que la pandemia ceda para volver a trabajar igual que como lo hacíamos antes.

¿Qué nos ha enseñado la pandemia? En primer lugar, que trabajar desde casa no solo es posible, sino que puede convertirse, con la adaptación adecuada, en algo deseable. Si miramos atrás, a los experimentos que muchas compañías llevaron a cabo a finales del siglo pasado con el trabajo en remoto, vemos que en muchos casos generaron desarraigo, falta de compromiso y de vinculación con los empleados. Sin embargo, la situación ahora se plantea de otra manera, con otras tecnologías disponibles, y con una serie de opciones de las que antes no disponíamos, que están generando que, en muchos mercados, sean muchos los trabajadores que se plantean trabajar desde casa de manera permanente, y que incluso han tomado decisiones importantes, como irse a vivir a otras zonas, derivadas de esa circunstancia. Comienzan a aparecer incluso zonas que se plantean atraer a esos trabajadores remotos, y aunque no todo sea, obviamente, tan sencillo como parece, sí podremos ver tendencias y cambios de hábitos que nos habrían sorprendido mucho hace muy poco tiempo.

En ese sentido, el 2021 se plantea como un año incluso mejor para el trabajo desde casa: a medida que avance el año, se incremente el número de vacunaciones y la presión ejercida por la pandemia comience a ceder, podremos no solo trabajar desde casa, sino planteárnoslo además de otra manera: pudiendo salir a la calle, pasar algunos días por la oficina sin miedo a infectarnos, respirar aire y evitar la sensación de claustrofobia. Que las grandes tecnológicas, las compañías aún jóvenes y flexibles, y algunas otras visionarias estén adoptando la idea de «trabaja desde donde quieras» como parte de su filosofía no es casualidad, y cabe pensar, además, que eso privilegiará su capacidad de atraer y retener talento en el futuro.

El cambio en los hábitos de trabajo convertido ya en costumbre debido a la pandemia dará lugar a muchos cambios con respecto a los entornos de trabajo que conocemos: el mercado inmobiliario en San Francisco está en pleno colapso, y se plantean cambios importantes con respecto a la dedicación de los espacios de oficinas frente a los residenciales. El futuro de las oficinas tal y como las conocemos puede cambiar muchísimo cuando los trabajadores pasan a tener la opción de elegir cómo y desde dónde trabajan.

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¿Qué lleva a que muchas de las compañías que fueron capaces de poner en práctica el trabajo desde casa durante la pandemia, tengan ahora problemas a la hora de plantearse hacerlo permanente? La respuesta es muy sencilla: convertir un cambio coyuntural derivado de una circunstancia como una pandemia en algo con vocación de permanencia exige una rearquitectura completa. Una rearquitectura que comienza por los espacios físicos: las oficinas del futuro no serán sitios en los que un trabajador, como tal, «se sienta a trabajar», porque esa idea de trabajar con un cierto nivel de concentración se llevará a cabo en casa. Como tales, las oficinas se convertirán en lugares de intercambio, de relación, de establecimiento y mantenimiento de vínculos sociales. Podrás tener un espacio en el que sentarte a trabajar un rato, pero no apropiártelo de manera permanente, ni plantearte dejar las fotos de tu familia en él, ni siquiera aquellos materiales con los que estés trabajando. Cuando terminas, mesa vacía. Pero sobre todo, encontrarás zonas para reunirte en todo tipo de formatos, para tomarte algo con tus compañeros, aulas para recibir un curso o conferencia, para invitar a clientes, etc. Una rearquitectura física radical del espacio de oficinas que las convertirá, simplemente, en otra cosa, con menores requerimientos de espacio, y que responderán a hábitos diferentes: la inmensa mayoría de los trabajadores pasará tan solo unas pocas horas a la semana en ellas. La idea del trabajador pasando sus ocho horas encadenado a una silla para que le vean pasará, simplemente, a evocar otra época, del mismo modo que hoy vemos los antiguos talleres de la revolución industrial.

Pero esa rearquitectura física debe acompañarse de otras: los directivos deberán aprender a gestionar equipos híbridos, a hacerlo sin caer el el micromanagement, utilizando el contacto para evitar la desvinculación y mantener la motivación adecuada con personas que podrán estar trabajando en cualquier lugar del mundo. El ERM, Employee Relationships Management, se convertirá en crucial, y su gestión adecuada, en una capacidad clave de las compañías.

Con la pandemia aún activa pero permitiéndonos ya empezar a ver luz al final del túnel, es el momento de plantearnos dónde y cómo vamos a trabajar en el futuro. Las compañías que no sean capaces de aplicar el liderazgo necesario para llevar a cabo esos cambios se convertirán en fósiles, en lugares de los que los trabajadores brillantes, ávidos de mayor libertad y condiciones más flexibles, huirán. El momento de rediseñar nuestras oficinas no es dentro de unos meses, sino ahora, cuando nuestros empleados aún están trabajando en sus casas o tienen presentes las condiciones en las que trabajaron durante los confinamientos de la pandemia. Vincular los cambios de hábitos a una rearquitectura física es fundamental para consolidarlos, para que cada trabajador, cuando vea en qué se ha convertido la oficina a la que acostumbraba a acudir cada día, sea consciente de que las circunstancias han cambiado, y pueda plantearse que esos cambios posibilitan o requieren cambios en sus planteamientos personales – desde reformar su casa para acomodar un espacio de trabajo permanente, hasta plantearse una mudanza en busca de zonas con un planteamiento diferente a aquella en la que vivía.

La pandemia nos ha enseñado que había otra forma de trabajar, y que bien hecha, ofrece muchísimas posibilidades. Es el momento de aplicar ese aprendizaje, optimizarlo, y plantearnos cómo queremos trabajar en el futuro. La pandemia ha roto la tendencia al isomorfismo, lo que hacía que la gran mayoría de las oficinas y de lugares de trabajo se pareciesen mucho entre sí. Y esa es una circunstancia que muchas compañías, las que estén suficientemente preparadas, sin duda van a aprovechar. Vamos a ver muchos cambios.


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