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Trump, las apps chinas y el peligro para la democracia

IMAGE: US vs. China - Priyam Patel on Pixabay (CC0)

La prohibición de las apps chinas TikTok y WeChat en las tiendas de aplicaciones norteamericanas a partir del domingo 20 de septiembre marca un hito que, aunque había tenido precedentes en otros países empezando por la propia China, nunca habíamos visto en los Estados Unidos.

Las consecuencias del paso que la administración Trump ha dado son desiguales: mientras el caso de TikTok afecta a una app fundamentalmente intrascendente y frívola, y sus probables consecuencias tienen más que ver con el mercado norteamericano y las reacciones de sus usuarios de cara a las próximas elecciones presidenciales – de ahí que se la trate con más cuidado y que se posponga su cierre definitivo hasta más allá de la cita electoral, – la decisión con respecto a WeChat afecta no a una app, sino a una super-app fundamental en la vida cotidiana de cualquiera que tenga algún contacto con China. Lo que China pueda hacer con la información de ciudadanos de otros países que es capaz de captar en apps como TikTok puede resultarnos preocupante, pero para los chinos, residan o no en su país, WeChat es todo: mensajería, teléfono, pagos, identidad, y una cartera de un millón de miniprogramas, la mitad del tamaño de la App Store de Apple, que son utilizados regularmente por unos doscientos millones de personas. En China o para los chinos, todo pasa por WeChat, y vivir al margen de la aplicación resulta enormemente incómodo.

Pensar que una decisión como la tomada por Donald Trump no tendrá consecuencias es completamente absurdo, y de hecho, el gobierno chino ya está ultimando una lista de aplicaciones creadas por compañías extranjeras que se dispone a prohibir, bajo la misma acusación de poner en peligro la seguridad de su país que ha esgrimido la administración norteamericana.

Hablamos de una amenaza existencial a la esencia de internet, de la consolidación bilateral de una división que afecta a muchas más cosas de lo que parece. Que un país no democrático como China construya una gran muralla y considere que puede privar a sus ciudadanos del acceso a la información (y que esos ciudadanos estén, en gran medida, de acuerdo con ello) es una cosa. Que lo haga un país supuestamente democrático y que respeta la libertad de información de sus ciudadanos como los Estados Unidos es algo muy distinto, e infinitamente más preocupante.

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Sobre todo, porque la idea de construir «una red limpia» para los ciudadanos norteamericanos resulta tan extremadamente paternalista y fuera de lugar en un país democrático, que debería hacer que esos ciudadanos se planteasen a quién tienen tomando decisiones en la Casa Blanca. Seamos claros: por muchas campañas de desinformación que los Estados Unidos puedan estar recibiendo de otros países, la verdadera amenaza para la democracia norteamericana está dentro de sus fronteras. La lleva a cabo la persona más poderosa del país, a la que nadie ha votado, en función de sus propios intereses y a nivel global, y si no estás aterrorizado por ello, es porque aún no sabes lo suficiente.

La prohibición de las apps chinas, además de ir en la dirección completamente contraria de lo que un país como los Estados Unidos debería pretender para el mundo, es tan solo una cortina de humo, una maniobra de distracción de cara a las próximas elecciones presidenciales. Por peligroso que Donald Trump pueda pretender que parezca el enemigo de fuera, el verdadero peligro para la democracia norteamericana no está fuera, sino dentro de sus fronteras. Desgraciadamente, el verdadero peligro para la democracia norteamericana y para el futuro del mundo en que vivimos está… en la Casa Blanca.


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