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La fragilidad de la economía post-pandémica

IMAGE: 50 Euro bill with bitcoin annotation

Mi columna en Invertia de esta semana se titula «Economía: ya nada es verdad ni es mentira» (pdf), y trata de analizar la evolución de la economía tras la pandemia, cuando empecemos a contabilizar las ingentes cantidades invertidas en incentivos a la actividad económica, entre otros, los conocidos stimulus checks repartidos por el gobierno de los Estados Unidos en virtud de la CARES Act.

Medidas, sin duda, muy necesarias y de idoneidad difícilmente discutible, pero que, cuando llegamos ya a los 4.1 billones de dólares procedentes de la impresión de dinero adicional, nos han llevado a que en torno a una cuarta parte de los dólares actualmente en circulación en los Estados Unidos hayan sido impresos el año pasado, con todo lo que ello conlleva en términos de tensiones inflacionarias.

La paradoja es clara: un país cuya economía se contrajo sensiblemente durante la pandemia – como prácticamente todas las economías menos la de China – ha puesto a funcionar sin descanso su máquina de imprimir billetes para ofrecer a sus ciudadanos un estímulo económico, un dinero que, en muchos casos, se ha dirigido al ahorro o a los mercados de capitales, que viven una situación de cierta euforia en parte artificialmente derivada de ese flujo de dinero. Sin duda, la economía post-pandémica va a estar fuertemente influenciada no solo por las ya mencionadas tensiones inflacionarias derivadas de la disponibilidad de niveles superiores de ahorro, sino también por una marcada inestabilidad en los mercados de valores a medida que se normalice la situación.

Es en ese contexto post-pandémico en el que debemos considerar el momento que vive el bitcoin. Lo que compañías como Tesla, Square o Meitu; bancos como Citi, Goldman Sachs, JPMorgan; inversores como Guggenheim o Paul Tudor Jones; o aseguradoras como MassMutual están haciendo al tomar posiciones inversoras en bitcoin o facilitar a sus clientes que las tomen es, sencillamente, plantearlo como cobertura ante la inflación.

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Esto sitúa a la criptomoneda precisamente en el papel que en realidad le corresponde: el de ser, por mucho que esto pueda escandalizar a algunos, más segura que el dólar. ¿Por qué? Sencillamente, porque el valor del dólar, desde el Nixon Shock de 1971 que significó la la cancelación unilateral de los acuerdos de Bretton Woods con la derogación del patrón oro, está sostenido por un estado que posee la deuda externa más elevada del mundo, y que tiene en sus manos, además, la máquina para imprimir todos los que quiera. En contraste, el bitcoin tiene un suministro completamente establecido y limitado: sabemos cuántos bitcoins van a ser emitidos, y simplemente tenemos que dejar que su valor se estabilice, sin que vaya a depender de las acciones arbitrarias de ningún gobierno que decida, por la razón que sea – justificada o no – imprimir más.

En el contexto de la frágil e inédita economía post-pandémica, la garantía que ofrece un bitcoin es muy superior a la que ofrece un dólar, un euro o una stablecoin basada en una cesta de monedas o de activos, y nada parece indicar que, una vez que muchas compañías, individuos, bancos, aseguradoras y otros agente económicos lo han entendido, la situación vaya en algún momento a revertirse. Ya solo falta que llegue algún país y tome la decisión de invertir una parte de sus reservas en bitcoin, para que ya tengamos completamente alborotado el gallinero económico, y muchos se den cuenta de que, en el contexto actual, una buena parte de la economía y de la política monetaria que estudiaron es, simplemente, mentira. Y cuidado: no falta mucho para eso.

Va siendo hora ya de que dejemos de plantearnos el bitcoin como especulación, y lo entendamos como lo que realmente es: el futuro.


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